martes, 10 de febrero de 2015

EL DEGENERE DE LA IGUALDAD DE GENERO.

Una se pasa la mitad de la carrera leyendo libros de feministas, de antropólogos, de neuroanatomistas que hace treinta años instauraron el neurosexismo y de neuronatomistas que hace diez lo refutaron. Libros de sociología de género, best sellers que juran que los hombres son de marte, las mujeres de venus y disparateces  cómicas del estilo, manuales políticamente correctos para la igualdad, antropólogas psicoanalistas sin miedo a demostrar que su miembro intelectual no deja espacio para ninguna envidia, manifiestos homosexuales, chistes machistas y un sinfín de publicaciones que oscilan entre  la doctrina de la complementariedad sexual sagrada y la indiferenciación germinal profana.  Una persona normal, no requiere ni la mitad de ésta bibliografía, ¡qué digo la mitad! no requiere haber leído más que los artículos sobre feminidad y hombría de las revistas quincenales populares,  para ir por la vida convencidos, con una fe envidiable, de que las mujeres y los hombres son especies distintas y  de que las únicas posturas válidas son, en el caso de los hombres el machismo políticamente correcto, y en cuanto a las féminas, el feminazismo, por supuesto.  Benditos y bienaventurados ellos que no se arriesgan al suplicio eterno. Bien dice el apocalipsis (3:16) que a los tibios el altísimo ha de vomitarlos de su boca como con cierto asquito,  por su aberrante, antinatural e inmoral inclinación al equilibrio. Pues confieso, yo soy tibia en lo que concierte a esos asuntos.  Debí quedarme con los primeros dos o tres libros al respecto; ir por la vida  con una filosofía que me permitiera ver a los hombres como criaturas dignas de desprecio, compasión o admiración, dependiendo  de si la autora era Martha Lamas, Esther Vilar o Camile Paglia. Pero no, tercamente me empeñé en seguir envenenando mi alma con una opinión tras otras, ¡y lo que es peor! Algunas eran tan ponzoñosas que decían basarse en investigación científica seria,  no en habladurías de sentido común reproducidas una y otra vez por los siglos de los siglos, amén.

Cuando se es incapaz de afiliarse a los discursos  cómodamente superficiales que ambos géneros manipulan según convenga en una típica reunión con amigos,  es inevitable sentirse sometido al peor de los ostracismos. Y es que uno no queda bien con nadie. No, yo no estoy de acuerdo con la mayoría de las frases que comienzan con: es que las mujeres son, es que los hombres son… por lo cual no estoy de acuerdo con el noventa porciento de las opiniones del mundo, al parecer. -¡Es que no puede ser que pienses que los hombres y las mujeres son iguales!- dice alguien sinceramente preocupado por mi capacidad mental y convencido de que nadie me ha explicado la diferencia entre igualdad y equidad.

La gran ventaja es que las diferencias de género son un tópico tradicional tan manoseado para las tertulias facultativas, que inevitablemente dejan paso a otros igual de masticados para los cuales tengo  opiniones más normales. En realidad, en lo que a temas de roles se refiere, yo ni si quiera tengo opiniones, tengo dudas. Es más, no llego a tener dudas en plural, tengo una sola: ¿Qué sucedería en un hipotético experimento que permitiera criar a los chamacos con libertad absoluta de imposturas culturales de género? ¿Tendríamos personas mejores o profundamente menoscabadas en su individualidad? ¿se vendrían abajo los dogmas del neurosexismo, o demostrarían su irrefutabilidad?. Bueno, ya sé que son tres, pero parten básicamente de la misma duda. No impongo la idea de que somos seres amputados en la mitad de nuestras potencialidades desde que nacemos y nos visten de azul o de rosa, pero tampoco la descarto. Las sociedades occidentales del siglo XXI son tan eficientes disfrazando de vanguardia modelos arcaicistas de política, economía y humanismo, que bien podría estar sucediendo lo mismo con la denominada igualdad de género que intenta convencernos de que adoptar formas cada vez más complejas de diferenciación equivale a libertad.

Y es que, mirar con malos ojos algunas de las consecuencias de la desigualdad de género, como la violencia física,  no equivale a abolirla. Y cuando digo “desigualdades” procuro dejar bien claro que me abstengo de cualquier inclinación feminista con violines trágicos de fondo; estoy consciente de que vivo en un país en el que una conductora de televisión puede decir abiertamente que “los hombres no sirven para nada”, y un conductor análogo sería sometido a la censura si aventurara un comentario similar. La desigualdad golpea indiscutiblemente a ambos géneros, y les obliga a ser agresivos y rencorosos el uno con el otro. A firmar el largo pliego petitorio de insensateces con las cuales un grupo de personas pretende delimitar los derechos, las competencias y las atribuciones de otro.


Volviendo al punto: no dejaré de insistir en que me hubiera ido mucho mejor de haberme limitado a tomar la bandera que mi situación de mujer manda. Así podría mirar a los hombres cual discapacitados emocionales y regodearme en mi superioridad metafísica, disfrutar la plática feministoide minada de comentarios despectivos hacia quien comenta la osadía de tener pene, y achacar todas mis desavenencias con el sexo contrario a un machismo inamovible. Pero no puedo. Tampoco disfruto los chistes homofóbicos,  ni los comentarios que comienzan con “es que ustedes las mujeres/ es que ustedes los hombres”. No me clavo. No ando por la vida regalando manuales de redacción libres de sexismo. Entiendo que las diferencias de género son una parte fundamental de nuestra cultura, pero no me gustan, así como tampoco me gustan la violencia ni el cinismo político que también tienen su lugar privilegiado en los botones de muestra de nuestra sociedad. Sin afán alguno de cambiar al mundo, toda esta letanía sirve más bien para tratar de explicar, a quien le interese, cómo y porqué intento cambiarme a mí misma; porque yo, individualmente, en mi opinión personal propia mía de mí, no quiero andar por la vida limitándome una gama de comportamientos, afectos e intereses estrictamente anclada en el accidente cultural de mis cromosomas. 


¿Cri... cri...cri?   Eso pensé. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario