jueves, 10 de septiembre de 2015

Breve e innecesaria reflexión sobre el amor, los celos y la Agamia.

Hace un par de años me topé, por mero accidente,  con un el blog de un español inadaptado que sostenía (como muchos teóricos contemporáneos del género y las relaciones humanas) que el amor es una invención opresiva  y heteronormada del capitalismo y que, tal cual lo interpretamos, equivale más o menos a una aberrante sofisticación de los impulsos atávicos del ser humano con fines de control social por medio del fomento a la posesividad. En oposición al amor, él propone la "agamia", término en el cual busca sintetizar toda una filosofía de resistencia a las imposiciones afectivas del entorno. Independientemente de los muchos fundamentos teóricos de los que se ha servido y de que su discurso es tan incómodo que algo de verdad ha de tener, recuerdo que la primera opinión que me formé al respecto fue "Caray... que tipo tan valiente".

La Agamia no habla de "abolir las diferencias de género en las relaciones amorosas" ni "los celos" ni de "poliamor".  No... la Agamia va y arremete directa y francamente contra el amor romántico en todas sus expresiones por considerarlo un lastre para el sano desarrollo del ser humano y promueve relaciones basadas estrictamente en las verdaderas necesidades individuales del ser. No es nada nuevo en realidad.  Firestone y Haraway, por citar un mínimo ejemplo, lo descubrieron hace mucho. Pero, al igual que mi querido amigo agámico, son consideradas extremistas resentidas a los que "más les valdría buscarse un novio".

Recuerdo la opinión de uno de mis amigos con respecto de la Agamia y de la doctrina Hellenfisheriana, que formaban parte de la misma plática de sobremesa: Son cosas que sólo defienden los malcogidos.  Bueno, supongo que es una manera muy tendenciosa de verlo. Al igual que los latinos son (o debería ser) los principales interesados en buscar la igualdad racial, las personas que por alguna u otra razón no caben en las etiquetas prefabricadas del "amor" serán las primeras en quejarse. Con ello bastaría para justificar en todo sentido la búsqueda de nuevas tendencias en las relaciones afectivas, pero resulta que también un montón de personitas que no somos especialmente despreciables a nivel amoroso, vamos por la vida preguntándonos por qué refregados TENEMOS que amar así.

Por otro lado, me es imposible negar el papel que el constructo del amor ha tenido en un montón de cosas que disfruto al nivel de no estar dispuesta a renunciar a ellas. Y entonces entiendo porqué la agamia está casi  condenada al fracaso: Las personas no nos caracterizamos por estar dispuestas a sacrificar nuestra zona de confort, y el sacrificio que la postura impone es algo que tendría alcances telúricos en virtualmente todos los aspectos de nuestra vida. Pero supongo que sucedió lo mismo en su momento con la abolición de la esclavitud y el derecho al sufragio femenino; la sociedad los interpretó como una amenaza absoluta en contra de sus cimientos básicos, hasta que los negros y las mujeres alcanzaron el nivel de consciencia que les permitió entender que estaban siendo violados en sus derechos más elementales, y eventualmente se pusieron a luchar por ellos. Claro, verlo así es algo romántico e ingenuo, el sistema en su totalidad estaba cambiando y la ampliación de los derechos civiles era un factor clave para el éxito del capitalismo, y el amor está lejos de comenzar a ser un estorbo. Por su vinculación directa con el control de la sexualidad, la distracción emocional que ofrece y la formación de esquemas familiares reproductiva y económicamente activos,  el amor es uno de los éxitos más rotundos del sistema, y sólo renunciaremos a él cuando los intereses de los órdenes "macro" nos impelan a ello...y las personas nos atrevamos a admitir que tal vez el amor no sea la panacea de la libertad individual, si no todo lo contrario.

Sin embargo, aún cuando considero que la abolición del amor como fenómeno social está en pañales, esa es la menor de mis preocupaciones. La realidad es que las preguntas que me hago en lo cotidiano son mucho más sencillas y están enfocadas a librar una guerra mucho más egoísta. ¿Por qué hemos de sufrir a toda costa esa inmunda necesidad de monopolizar al prójimo, con su consecuente desgaste emocional? ¿Por qué habríamos de someternos a los intentos de monopolización afectiva de un tercero, a perpetuidad?. Muchos opinan que el amor romántico y la monogamia son estrategias evolutivas. No encuentro mucha validez en dichos argumentos, pero al mismo tiempo no niego que algo de biológico y reptiliano debe haber en los celos que los haga tan insoportables. La violencia también es parte fundamental del ser humano, pero como en crudo resulta desastrosa, la hemos moldeado para fines sociales, igual que los celos. So, si la violencia y los celos y todo lo demás es transformable, no suena descabellado pensar que podemos reorientarlos en válvulas de escape menos irrealizables que la fantasía de "poseer a otro por completo", y por tanto, menos susceptibles de generar un malestar cuya consecuencia puede ir de la mera depresión al crimen pasional. Al final, no está de más preguntarnos cuáles podrían ser dichas sublimaciones y, ¿qué rayos haríamos con todo el tiempo libre y la energía que deshacernos de conductas y pensamientos celotípicos (si es que se puede) nos dejaría? Tal vez descubrir una manera útil y humanista de amar, o inventarnos una nueva forma de sufrir. Tristemente, es claro que ni usted ni yo viviremos lo suficiente para averiguarlo.

Cri.. Cri..Cri.












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