martes, 22 de septiembre de 2015

Incómoda reflexión sobre la herbolaria pazmundialista VS las drogas recreativas.

Más o menos una vez por semana, me topo con el típico espécimen chamánico new age hipsteroso buena ondita que somete a mis oídos o a mis ojos a un discurso en pro de la legalización de la marihuana amparado en supuestos "médicos" y "metafísicos".  Cada que prendo la tele (que afortunadamente no es muy seguido), hay una serie gringa cuyos interesantes, modernos y exitosos personajes se fuman un churro en el contexto de una convivencia armoniosa que refuerza sus lazos de amistad. Mi última incursión al cine me confrontó con la urgente necesidad de asegurar políticas públicas que permitan que los osos de felpa se droguen con toda la tranquilidad en EU (y supongo que por añadidura eso implica derechos similares para el resto de los pluches del planeta), y de paso, sugirió como no queriendo que la guerra contra las drogas sólo servía para oprimir a determinados sectores de la población caracterizados por su falta de oportunidades y como un tiránico metodo de control social.

Al parecer, tanto la herbolaria tradicional como la opinión generalizada del culto y humanista ciudadano estándar del imperio coinciden en que hay que despenalizar la mariguana si aspiramos a reinstaurar la paz mundial y a curar el cáncer y a expandir nuestras mentes.

Es una pena que dichas posturas nos releguen a segundo plano a los que abogamos por una despenalización de la misma bajo un argumento pura y sencillamente fundado en la libertad del individuo sobre sí mismo. A los que estamos convencidos que ninguna legalización de ningún estupefaciente va a terminar con el crimen y que la mota no es un ningún recurso para alcanzar la iluminación, ni te cura nada ni te convierte en un mejor ser humano. A los que sabemos perfectamente que el abuso de dicha sustancia, como de cualquier droga, tiene consecuencias nocivas en la salud y que sobre todo, comprendemos que legalizar la mariguana no es ni mucho menos un asunto de prioridad social y tenemos la delicadeza de admitir que hay una lista enorme de prioridades antes que un marco jurídico que le permita  las personas cargar son sus toques sin la paranoia de ser remitidos a un MP.

Al mismo tiempo, considero que existe un grado obsceno de hipocresía con el tema de las drogas. Inmersos en una sociedad que se droga recalcitrantemente con fármacos legales, comida chatarra, producciones audiovisuales, redes sociales, pornografía, alcohol, etc, es ridículo seguir tratando de establecer una postura moral independiente para las drogas ilegales. Nos encanta drogarnos, somos una sociedad inmersa en las delicias de los estímulos artificiales y no parecemos estar lo bastante conscientes de ello como para adoptar posturas sensatas al respecto. Yo me aventuraría a  opinar que el uso de las drogas con fines recreativos y el refinamiento de la obtención de estímulos por las vías más insospechadas está al mismo nivel que el uso de herramientas, o la producción de arte en cuanto a las conductas que nos definen como seres humanos. La gente que no consume drogas ilegales lo hace mayoritariamente por una convicción personal, -igual que las personas que no consumen tabaco o alcohol- no por que estén prohibidas, y las personas que sí lo hacen encuentran en la prohibición más bien un atentado contra su seguridad que una motivación real para evitar el consumo abusivo.

Aunque estoy segura de que el hecho de que en nuestro país no se haya legalizado el consumo, la producción, venta y distribución de marihuana responde a una cuestión de intereses creados más que a un tema de derechos humanos, carezco de los conocimientos político-económicos como para atreverme a opinar con certeza sobre los alcances de la despenalización de las drogas en el ámbito de la seguridad pública y sanitaria, así como de sus consecuencias a nivel macroeconómico. Por eso no me sumo a ninguna postura que tenga como fundamento dichos discursos. Simplemente considero que en una sociedad ideal, cada quien debería poder meterse lo que le viniera en gana sin tener que recurrir a alegatos patito para justificar su sano (o insano) esparcimiento, siempre y cuando no peligre su condición de miembro activo y útil para la sociedad.

Para finalizar,  la siempre sabia y contundente opinión de los grillitos al respecto:

Cri, cri, cri.

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