viernes, 18 de septiembre de 2015

Lo que Chico Che me recordó...

Cinco abriles (o en mi caso marzos) tenía cuando esa tranquila mañana en los suburbios de la capital -bueno, en Tultitlán- la cama en donde plácidamente dormía comenzó a deslizarse topando con las cuatro paredes de la habitación. 

Mis recuerdos de infante o las historias posteriores que mi madre y hermana me describieron me hacen verlas rezando frente a una imagen del sagrado corazón (un Cristo con cirugía a corazón abierto o algo así) que se balanceaba como siguiendo el corito de la cuenta bancaria del Teletón (9..9...9 9!!) y hasta la fecha no me explico porque rayos no aprovecharon esos minutos para tomarme entre sus brazos (con delicadeza para no despertar al nene) y salir de la casa, cosa que habrían podido hacer en un santiamén.

Mi padre, mientras tanto, y como cantan los de Panteón Rococo iba en guajolotero con el alma obrera de mi ciudad y no sintió tanto el sangoloteo, hasta que llegando a la entrada de la ciudad y el cuadro dantesco los dejó a todos, pasajeros chofer y cacharpo, perplejos. Recién había acabado el calambre tectónico y ya habían caído varias estructuras. Desde la zona cercana al Tepeyac se notaban en panorámica nubes de polvo aquí y allá donde alguna vez hubo edificios.

Los días posteriores a tan terrible suceso este pequeñín pasó con su familia en repetidas ocasiones por varias de las zonas afectadas y mi inocente mentecita quedó con la idea de que esto era un fenómeno que seguramente pasaba cada año, como la temporada de lluvias o como el mundial, cada cuatro.

Ahora que se cumplen 30 años de aquello la ciudad y su gente han cambiado, bueno mas o menos. Se ha semi tratado de educar a la borregada para que al sonar las alarmas en radio, app de celulares, TV o las bocinas de ciertos postes de cámaras de vigilancia (solo en el DF, sorry mexiquenses) la gente ordenadamente publique en su muro "está temblando" para avisarle a la gente que por alguna razón carece de la habilidad de.... SENTIR cuando tiembla. A nombre de esa pobre gente, gracias.

Acto seguido, aún queda tiempo de salvar el archivo de word, pausar el video de youtube o cerrar el jueguito de Candy Crush y bajar con el resto de la godineada al punto de reunión asignado, fumarse un cigarrito, contar anécdotas del último simulacro, hacerle la plática a la chava nueva de contabilidad que trabaja en el otro piso, darte cuenta que tiene novio y oír por quinta vez la historia del Gerente de Compras cuando rescató a medio Tlatelolco el solito con sus manitas, cuando el tenía... 10 años? Las cuentas aún no me salen.

Yo por mi parte aguardaré ansioso el próximo simulacro, para ensayar el orden de como se abren las cuatro, si, cuatro chapas de las tres, si, tres puertas que separan mi departamento de la calle. Francamente en algunos sismos que han ocurrido estos años me he puesto a meditar si no sería mas practico sentarme a esperar tranquilamente la muerte, al menos moriría sin estrés. Total, soy otro ladrillo más en la pared.

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