lunes, 28 de septiembre de 2015

La mayor novela menor de Kundera


Hay escritores que tan sólo pronunciar su nombre evocan de inmediato el hálito de su obra.
Ahora diré una obviedad: Rulfo será a Páramo lo que Márquez a Cien años… y lo que Kundera será por los siglos de los siglos a La insoportable levedad del ser.
Quizá por ello algunos contertulios del Café de Siempre casi me excomulgan cuando dije que la verdadera gran novela del checo-francés no era La insoportable levedad… sino La despedida, novelita corta publicada en el 75, y que pasó de noche, como el sueño de una noche de verano, anunciando en el título su destino.
—Exageras ­—dice un contertulio—. La despedida es una novela menor.
Es cierto, exagero, pero es una exageración moderada, nacida de la sentencia de Gabriel Zaid:
“Lo peor que le puede ocurrir a un poema menor es que pretenda ser grande”
Este vicio –el de la pretensión- lo padecen tantas novelitas sostenidas de una grandilocuencia discursiva, de un gregarismo intelectual, de un derroche de carpintería tecnicista que... en fin; La despedida no padece esos dolores;  es efectivamente una novela menor,   claro que sí,  pero de ahí radica su potencia: es una auténtica novela menor. Jamás buscó la grandeza, y no pretende, como otras novelas, matar chinches a cañonazos. Es una grandiosa novela menor.
En la contratapa de la edición Tusquets de lee: En un balneario algo trasnochado convergen temporalmente ocho personas cuyas circunstancias se van entretejiendo paulatinamente hasta formar, con la precisión de una telaraña, una trama en la que todos, directa o indirectamente, acaban viéndose atrapados: el músico célebre y la hermosa enfermera que quiere quedarse embarazada; la celosísima esposa del músico y el joven mecánico enamorado de la enfermera; el ex convicto, víctima de las purgas de su país, que va a despedirse de la muy cerebral Olga; el ginecólogo, con sus fanfarrones proyectos demográficos; el rico excéntrico, una versión de santo moderno. La despedida tiene la ligereza y la magia de un vals, de un sueño de una noche de verano.”
La despedida tiene la magia de un vals, y su aparente ligereza nos remite a un vodevil escrito con la perfección de un miniaturista. Un tanto ajeno a su temática, Kundera no recurre –del todo- a la estratagema político-filosófico-humanista, ni a las digresiones psicológico-existenciales de sus otras novelas. Lo que hay son personajes en plena efervescencia de la parodia de su vida. Inmersos en sus tragedias pedestres, que no son otra cosa que una broma (la eterna broma husserliana del ser en el mundo) para ocultar un profundo conocimiento de la condición humana, o lo que eso quiera decir.
—Pero los personajes están terriblemente acartonados ¡Se les ven los hilos por todas partes!— Dice el contertulio de café, y tiene razón; en La Despedida los personajes no exudan naturalidad, incluso es posible imaginarlos actuando en el acartonado teatro de la página mientras el resto fuma cigarrillos tras bambalinas –la mente del autor- esperando su entrada. Esta evidente carencia de lo espontáneo es premeditada. Kundera sabe que el lector asistirá a un vodevil macabro en cinco actos, con actores que exagerarán su voz y sus muecas. Fingiendo una pésima actuación de la vida, se burlan de la vida misma, para evidenciar su crueldad. Nuestro autor sabe que es necesaria la burla, que la crueldad no se puede arrojar sobre la novela así de golpe, como una bofetada. Recurre entonces al registro emociona de sus personajes para ridiculizarlos: al volverlos ridículos, se redime y se camufla, atendiendo a la sentencia de Wilde: si quieres decirle una verdad a la gente, debes hacerlos reír, de otra manera te matarán.

Nos gusta exagerar la vida porque es nuestra manera poco sutil de vengar su condición efímera. Decir que La despedida es la mejor novela del checo-francés más importante de Europa es evidentemente una exageración. A veces la vida es tan poca que uno necesita exagerarla para que parezca real. Esta es, pues, mi manera de imitar -¿renegar? ¿reprochar a?- la vida: decir, con exageramientos o sin ellos, que La despedida es la mayor novela menor que se haya escrito en la Europa del 75.

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